EL TRATO DE ARGEL.

Adaptación de la novela ejemplar de Cervantes: ”El trato de Argel”Colección Rocinante, Editorial Everest.

 

PRESENTADORA: Reinando en España el poderoso rey don Felipe II, gran defensor de la Cristiandad, salieron del puerto de Argel doce bajeles de corsarios, mandados por el turco Mamí, célebre por su odio a los cristianos.
Era una hermosa mañana del mes de abril. Se refugiaron en una cala de las muchas que hay en la isla Cerdeña, al acecho de descubrir alguna nave española o genovesa, para su abordaje y saqueo.
Se levantó un viento fuerte del noroeste, el maestral, con tanta furia que tuvieron que ir al abrigo más cercano, para no ser absorbidas por las aguas. Esto es lo que hizo una galera española que se dirigía de Sevilla a Génova, y que se vio sorprendida por aquella tempestad.
Tuvo la mala suerte de ir a refugiarse en la misma cala donde estaban los bajeles corsarios. Estos salieron a su encuentro y dispararon su artillería contra la nave cristiana. El capitán-un fuerte y aguerrido lusitano- cayó muerto al instante, y con él un ilustre valenciano que estaba junto a él. Los demás tuvieron que rendirse ante aquella inesperada furia.
Los piratas berberiscos saquearon entonces la nave , que iba cargada de riquezas, logrando hacer cautivos a toda la tripulación de viajeros. Iban entre ellos dos jóvenes, Silvia y Aurelio, que habían contraído matrimonio en Granada, dos semanas antes.
Pocos días después de lo que acabamos de relatar, en el zoco de Argel, podía observarse que Mamí había regresado con sus naves cargadas de cautivos, y todos los interesados se acercaban para participar en la subasta de esclavos.
En el centro de la plaza un mercader hablaba con Mamí, poco después van entrando el resto de los compradores..
MAMÍ: Aquí tenéis una muestra de los cristianos que hemos traído.
MERCADER: Se dice que habéis capturado a un buen número. ¿Es eso verdad?
MAMÍ: ¡Vaya si lo es! Aquí tenéis los primeros que pongo a la venta. Ved qué sanos y qué buena planta tienen.
MERCADER: ¿Hay españoles entre ellos?
MAMÍ: Veinticuatro, aproximadamente, que iban en una nave española que se dirigía a Italia.
MERCADER: Dicen que os dieron caza unas galeras en Nápoles.
MAMÍ: Cierto. (Ríe Mamí) Pero tuvieron que contentarse con ver cómo nos largábamos. Las galeras cristianas son pesadas y maniobran difícilmente; las nuestras son vivas como el fuego, en cuanto nos persiguen, soltamos amarras y las perdemos de vista en poco tiempo. El ladrón que va a hurtar, debe procurar ir con los pies ligeros, si no quiere caer en manos de sus víctimas o de las autoridades.
MERCADER: Está bien , que comience ya la subasta.
MAMÍ: Vamos a ver, ¿Hay quien compre a estos dos cachorros? ¡Miradlos bien! ¿Verdad que son bonitos? Por este pido ciento dos escudos; por este doscientos. (Con malos modos) Tú, acércate para que te vean. (Gritó empujando al niño para que lo vieran mejor)
NIÑO JUANITO: ¿Qué es esto, mamá? (Preguntó asustado a su madre), ¿es que van a vendernos estos moros?
MADRE: Sí, hijo, eso es lo que van a hacer, sus riquezas crecen gracias a nuestra venta como esclavos.
MAMÍ: ¿Hay quien compre a la madre y al niño juntos?
MADRE: ¡Dios mío! (Llorando) Creo que no podré resistirlo.
PADRE: Cálmate mujer. Si Dios ha ordenado ponernos en este estado, Él sabe por qué lo ha hecho. Acatemos su voluntad.
MERCADER: (Señalando a Juanito) ¿Cuánto pide por ese?
MAMÍ: Doscientos escudos.
MERCADER: Doy ciento dos.
IZUF: Subo a ciento diez.
MAMÍ: Lo siento, tendréis que pasar de ahí si queréis llevároslos.
IZUF: ¿Está sano y tiene todas las muelas?
MAMÍ: Véalo usted mismo.
IZUF: (Izuf se acerca a Juanito, le abre la boca) A ver, abre la boca.
NIÑO JUANITO: ¡Por favor, no me la saque, que ella misma se me caerá! (Temblando de miedo)
IZUF: ¡Sí que es gracioso! ¿Habéis oído?...(Ríe Izuf) ¡Pues no que se figura el muy tonto que le quiero quitar una muela!
MERCADER: ¿Cuánto piden por este otro muchacho? (Señalando a Francisco)
MAMÍ: Trescientos escudos, ni uno menos.
IZUF: Si te compro, ¿Serás bueno?
NIÑO FRANCISCO: Aunque no me compréis, seré bueno.( Respondió serenamente el muchacho)
MERCADER: Por este te doy ciento treinta. (Refiriéndose a Juanito).
MAMÍ: Vuestro es, venga el dinero.
MERCADER: Tome. Cuente a ver si está justo. (Mamí lo cuenta con gesto de codicia)
MAMÍ: Anda, ve con él.
NIÑO JUANITO: No, señor. (Llorando) No he de dejar a mi madre para ir con otro.
MADRE: Ve, hijo, (Le aconsejó la madre con el corazón desgarrado por el dolor) Ya no eres sino del que te ha comprado.
NIÑO JUANITO: ¡ Mamá, no me dejes solo! (El niño tira pero el mercader lo separa del escenario) ¡Mamá! ¿Es que no me oyes?
MADRE: ¡Ay, Señor, dame fuerzas para soportar tanto dolor!
PADRE: Por favor, señor, déjeme hablar con mi hijo unos instantes, quizás serán los últimos.
MAMÍ: Bueno, dile lo que quieras, pero acaba pronto.
PADRE: (Acercándose a Juanito) Ten valor, hijo. Ahora tendrás que separarte de nosotros, no hay otro remedio. Pero escucha y no olvides nunca lo que te voy a decir. Reza siempre el Avemaría; si así lo haces, la Virgen hará que soportes con resignación tus padecimientos, y Ella te devolverá algún día tu libertad, tenlo por cierto. Y ahora vete. Nada debes temer, pues Dios va contigo.
MERCADER: Basta ya de sermones. (Interrumpió impaciente llevándose a Juanito del brazo)
IZUF: (A Francisco) ¿Cómo te llamas?
NIÑO FRANCISCO: Francisco, señor.
IZUF: Bien, voy a comprarte, y vas a cambiar el nombre y de religión, te llamarás Mamí.
NIÑO FRANCISCO: De nada servirá cambiar el nombre, pues no voy a cambiar de religión.
IZUF: ¡Eso ya lo veremos! ¡Ven conmigo!
NIÑO FRANCISCO: Aguarde un momento por favor. (Dirigiéndose a sus padres les dijo) ¿Qué me mandáis padres míos?
PADRE: Sólo una cosa… que vivas como bueno y fiel cristiano.
MADRE: Hijo, ni los regalos , ni los azotes... ni todos los tesoros que hay en la Tierra… te muevan jamás a dejar a Cristo y abrazar la religión de los moros.
MAMÍ: (Gritó indignado) ¡Calla, bruja!
NIÑO FRANCISCO: ( Sin alterarse por las palabras de Mamí). Queda tranquila mamá, así
NIÑO FRANCISCO: ¡Quédate tranquila mamá!
espero que así sea, con la ayuda de Jesús. ¡Quedad con Dios, padres míos! (Salen)
PRESENTADORA: El padre y la madre fueron vendidos también poco después. Tuvieron el consuelo, en medio de la desgracia, de ser comprados por el mismo mercader, lo que le permitió seguir juntos, al menos durante algún tiempo. Les llegó también el turno a Silvia y Aurelio. El joven fue adjudicado a Izuf en trescientos escudos, se separó de su amada Silvia sin poder hacer nada por evitarlo.
Preguntaba a unos y otros para saber el paradero de su esposa. Nadie sabía nada.
A esto surgió una complicación más, una joven mora llamada Zahara, hermana de Izuf, se enamoró de él hasta el punto que quería hacerlo su esposo. A todas horas trataba de convencerlo para que cediese y se casase con ella.
Trabajando en el huerto, aparece Zahara.
ZAHARA: Aurelio…
AURELIO: ¿Qué desea mi señora?
ZAHARA: ¡Mi señora! … ¿Si me tuvieras por ello accederías a mis ruegos?
AURELIO: Tú mandas y yo obedezco, que al fin de todo, soy vuestro esclavo.
ZAHARA: ¡Ay Aurelio! .Palabras engañosas son esas, pues tu forma de actuar las desmienten.
AURELIO: ¡Señora! ¿Qué quejas tiene de mi obediencia?
ZAHARA: Tú sabes de más las quejas que tengo de tí. (Viendo que se aleja a trabajar, le pregunta) ¿Adónde vas?
AURELIO: Voy por agua a la fuente.
ZAHARA: ¡Espera!
AURELIO: Déjeme ir, se lo ruego.
ZAHARA: Mal te dejaría ir quien queda con tanto amor.
AURELIO: Insiste en vano.
ZAHARA: ¿Así me despides, Aurelio?
AURELIO: Si lo mira bien, le hago un favor, ¿No ven sus ojos que no soy más que un humilde esclavo?
ZAHARA: El amor todo lo iguala. Por mi señor te tendré si es tu deseo.
Entra Fátima (sirviente de la casa) y llega a oír las últimas palabras de su señora.
FÁTIMA: Pero, ¿Cómo puede la bella y orgullosa Zahara suplicar a un esclavo? ¡Mira como se retira el muy necio! Entiende ése tanto de amor como el asno de una lira.
AURELIO: ¿Cómo queréis que entienda de amor con esta cadena que me veo obligado a arrastrar?
ZAHARA: Yo te la quitaré.
AURELIO: Eso no, pues quitándomela del cuerpo, otra cadena mayor me pondríais en el alma.
FATIMA: ¿Acaso tenéis alma los cristianos?
AURELIO: Sí tenemos. Almas rescatadas por el mismo Dios hecho hombre.
FÁTIMA: Pensamientos falsos, pero, lo que a ti te conviene es no verte pobre, cansado, medio desnudo, insultado y apaleado por cualquier cosa. Una sola palabra tuya cambiará tu tristeza en alegría, tu esclavitud en libertad. Cásate con mi ama y tendrás todo lo que desees.
AURELIO: ¿Has acabado de hablar?
FÁTIMA: Sí.
AURELIO: ¿Quieres que responda yo?
FÁTIMA: Sí.
AURELIO: (Recalcando cada sílaba) Di-go que no.
ZAHARA: ¡Ay, Alá! ¿Qué es lo que acabo de oir?
AURELIO: (Sintió de pronto lástima de aquella mujer, sin duda era verdadero el amor que por él sentía.) Perdonad, señora, el daño que involuntariamente os estoy causando. No es por crueldad ni por venganza por lo que os hablo así. Mi ley de cristiano no me permite casarme contigo. Por eso, antes de hacerlo, preferiría la muerte. Podéis estar segura de que nada me hará cambiar.
ZAHARA: (Observando gran firmeza en sus palabras, se aleja ) Siendo un caballero español, sé que dices la verdad y me dejas llena de amargura.
FÁTIMA: Aún no está todo perdido, la necesidad le hará cambiar. Hay que darle tiempo al tiempo. (Pero Zahara apenas le oía con las manos en la cabeza, entristecida)
Salen todos, música, entran Aurelio, Sebastián, Sara, Pedro, Italiana… hablan.
SARA: No me explico cómo puede haber tanta maldad en esta gente. Lo que les falta en misericordia le sobra en crueldad. ¡Que tengan que pagar inocentes por culpables! ¿Es eso justicia? Sin razón, sólo por gusto, matan a los siervos de Cristo. ¡Ah, qué triste suerte la nuestra!
SEBASTIÁN: ¿Pero puedes explicar de una vez lo que ha pasado?
ITALIANA: No lo puedo imaginar, sólo con pensarlo se me eriza el pelo, ¡sabiendo el trato que nos dispensa esta gente!
SARA: Te lo diré, ¿No oyes esas voces desaforadas, esos disparos de cañones?
ITALIANA: Venimos oyéndolos desde hace rato, pero estas algarabías son normales aquí, cuando no hay un motivo, buscan otro.
AURELIO: Tendríamos que ser sordos para no oírlos.
PEDRO: Estarán celebrando alguna fiesta.
SARA: Eso, están celebrando una fiesta, y te diré por qué. ¡Un trago de agua, por favor! (Toma el agua, dada por la italiana y continúa) Se supo aquí en Argel, que un morisco aragonés había muerto en Valencia, por una sentencia justa.
PEDRO: ¡Ah!... Ese era el morisco que se demostró que se había bautizado, que renegó de la religión de Cristo, y se dedicó a la piratería. Se demostró también que había asesinado a sangre fría a más de trescientos cristianos. Y que por todos esos delitos fue condenado a muerte.
ITALIANA: Todo eso ya lo sabíamos, no es el único pirata que se aprovecha de la buena acogida que ha tenido en nuestra patria, y luego se vuelve contra ella, y como dice Pedro, ¿Ese era el morisco?
SARA: El mismo, pues bien, esta mañana llegó el feroz Mamí con su bajel a puerto trayendo más de cien cristianos cautivos. Entre ellos venía un sacerdote valenciano y …(1) ¿Sabes lo que hizo esta gente?

(1)Describe aquí Cervantes un hecho real. El 18 de mayo de 1577 fue martirizado el sacerdote valenciano Fray Miguel de Aranda.
SEBASTIÁN: No, pero estamos deseando escuchar lo que has visto de atroz en esta gente.
SARA: Pues… organizaron una colecta, recogieron el dinero necesario, lo compraron y lo llevaron arrastrándolo al muelle y allí, entre todos, encendieron una hoguera y lo quemaron vivo.
AURELIO: ¡Qué horror!
ITALIANA: ¡Qué deseo de venganza! ¡Pagar con inocentes!
SARA: Pero hay más aún, pues para prolongar su tormento, encendieron lejos el fuego para que se asara lentamente.
SEBASTIÁN: ¡Seguro que murió sin una queja en sus labios! ¿Verdad?
SARA: Así ha sido, y murió también implorando el nombre de Jesús y el de la Virgen María.
PEDRO: Realmente es espantoso, pero tranquilízate, ya no hay nada que hacer. Su suplicio ha terminado.
SEBASTIÁN: Y ya veis, queriendo darle muerte, le han dado vida, pues una vida eterna y gloriosa se abre ahora para él.
ITALIANA: ¡Silencio! Tengo el oído muy fino, creo que hay ruido por ese lado. (Miran todos a un lado, menos Aurelio que mirará al lado contrario)
AURELIO: ¡Cuidado! Por allí viene un moro. Separémonos.
Era Izuf, con aspecto de cansado y triste, se acerca a Aurelio.
IZUF: Escucha, Aurelio. Trescientos escudos di al turco por una doncella cristiana, y a ella la vida y el alma le he dado. Pero… ¡Ay! Pienso que aún es poco, tan hermosa, inteligente y buena es. En vano he procurado ablandar con promesas su duro pecho: no hace caso a mi dolor. Cuando yo más blando, ella más dura, cuando yo más cariñoso, ella más arisca, cuanto más la busco, más rehúye mi presencia. Dime Aurelio, ¿estás dispuesto a ayudarme?
AURELIO: ¿Y qué puedo yo hacer?
IZUF: Quizá pudieras tú convencerla, siendo como eres cristiano, si consigues que se case conmigo, te prometo que serás libre. ¿Qué me respondes?

AURELIO: Me gustaría poder ayudarte, Izuf. ¿De dónde es esa doncella que tan enamorado te tiene?
IZUF: Española, según dicen.
AURELIO: ¿Cuál es su nombre?
IZUF: Silvia.
AURELIO: ¡¡Silvia!!
IZUF: ¡Qué! ¿La conoces?
AURELIO: Verá señor… (procura ocultar su emoción) en el barco en el que yo venía cuando me apresaron, recuerdo que viajaba también una hermosa joven llamada Silvia.
IZUF: Sí, esa es, yo la compré. Y en verdad que me alegro que sea la misma.
AURELIO: ¿Por qué?
IZUF: Porque de ese modo te será más fácil mover su voluntad a mi favor, puesto que la conoces y la tratas seguramente.
AURELIO: Ve tranquilo, Izuf. Haré lo posible para que se cumplan tus deseos.
IZUF: Está bien. Voy a dar orden de que la traigan a casa, para que puedas hablarle. Y por lo contento que me has dejado, mandaré a mi criado para que te quite la cadena. (Salen todos, música)
PRESENTADORA: Aurelio quedó profundamente emocionado. ¡Silvia! ¡Silvia! A quien él amaba más que a nada en el mundo, estaba allí. Nada le importaba ya la esclavitud, los insultos, las humillaciones. Iba a ver a Silvia y esta era la mayor felicidad a que podía aspirar.
Izuf dio la orden a su criado y le quitó las cadenas a Aurelio. Mandó el moro para que trajeran a la esclava Silvia a su palacio y llegó llorando, como veréis.
Sale la presentadora y entran Izuf y Silvia.
IZUF: ¿Por qué lloras? (La joven no contesta) No quiero que llores, no me gusta ver cómo el blanco velo de las lágrimas cubre la hermosura de tus ojos… Escúchame, te lo ruego: yo no te compré para esclava, sino para ser señora. Piensa que más de un esclavo se ha visto rey, y tú te mereces ser mucho más que reina, más que emperatriz.
SILVIA: Señor, el llanto y el sufrimiento me son ya tan naturales, que si un momento me dejaran, no serían ya un bien, sino un mal para mí, no obstante procuraré complaceros, ya que tan cara me habéis comprado.
IZUF: No me hables así, te lo suplico.
SILVIA: ¿Por qué habéis pagado tanto por mí? ¿Pensáis doblarlo con mi rescate? Si así fuera, lo siento por usted, pues mi pobreza, sólo es comparable a mi dolor.
IZUF: Te engañas, yo no te compré para hacer dinero. No eres tú mi esclava, porque el amor me ha hecho a mí esclavo, y a ti señora. Pero esa esclavitud es el mayor bien que ha podido darme el Cielo.( Pausa). Ahora leeré esta carta del rey… ¡Oh! Dice que el rey de España se está armando hasta los dientes para emprender la guerra contra Portugal; pero se teme que en lugar de dirigirse a Lisboa, venga directo a Argel, que le tiene más cuenta. (Se separa un poco y llama) ¡¡Zahara!!
ZAHARA: (Entra) ¿Qué quieres hermano?
IZUF: Cuida de Silvia mientras resuelvo estos asuntos. (Sale Izuf.)
ZAHARA: Dime cristiana, ¿de dónde eres?
SILVIA: Soy de Granada, señora.
ZAHARA: ¿Eres rica, quizá?
SILVIA: Dicen que lo fui en un tiempo, pero toda mi riqueza ha pasado como un soplo.
ZAHARA: ¿Has sido amada alguna vez?
SILVIA: Lo fui; y con un amor que sólo la muerte podrá borrar.
ZAHARA: ¿Quién es él?
SILVIA: Un gentilhombre.
ZAHARA: ¿Cristiano?
SILVIA: Pues ¿Qué, si no? ¿moro?
ZAHARA: ¿Es pecado querer bien a un moro?
SILVIA: No lo sé, supongo que sí lo será.
ZAHARA: ¿Y querer una mora a un cristiano?
SILVIA: Eso vos lo sabéis.
ZAHARA: ¡Ay Silvia! ¡Si supieras cuanto me ofendes y lastimas con tus palabras!
SILVIA: ¿Yo, mi señora? De verdad que no os comprendo.
ZAHARA: Escucha y lo comprenderás, o al menos sentirás compasión por mí. Mira, Izuf, tu amo y señor, compró un esclavo a un turco llamado Mamí, hace algunos meses. Es español, como tú, e iba en una galera que se dirigía a Génova desde el Puerto de Sevilla.
SILVIA: Esperad, ¿esa galera se llamaba San Pablo?
ZAHARA: Así se llamaba.
SILVIA: ¿Y el cautivo se llamaba Aurelio?
ZAHARA: Sin duda has acertado, pero Silvia , dime, ¿lo conoces?
SILVIA: Sí, lo conozco.
ZAHARA: ¿Quién es? ¿Es rústico o villano? ¿Dónde nació? ¿Es pobre o rico? Por favor Silvia, cuéntame de él.
SILVIA: No podré contestar a tantas preguntas, pero sé que es español y , por su traza, no parece más que un escudero, y pobre. Eso es todo cuanto puedo deciros.
ZAHARA: ¡Ay!, a mí no me importa que sea pobre, ni que no sea caballero. Lo amaría aunque fuera el más miserable de la tierra. Sólo te pido que le hables y ablandes su corazón, hablándole de la pena que siento. Que sólo pretendo ser su esclava. Dile… bueno será mejor que le digas lo que mejor veas. A ti te hará más caso, sin duda. Escúchame, si tu consigues que Aurelio se case conmigo, yo te prometo que muy pronto podrás regresar libre a tu patria.
SILVIA: ¿De veras?
ZAHARA: Como lo oyes.
SILVIA: Dejad y veréis lo que soy capaz de hacer, no solamente por mi provecho, sino también por complaceros.
ZAHARA: Mira, ahí viene Aurelio. Alá lo ha puesto en nuestro camino.
SILVIA: Será mejor que me dejeis sola con él.
ZAHARA: Trata de hacerlo lo mejor que puedas.
SILVIA: Descuidad mi señora. (Marchó Zahara y Silvia se quedó sola en el jardín, esperando a su esposo, Aurelio. El corazón parecía se le salía del pecho. Se ven los dos, quedan inmóviles, los ojos fijos en ella, pálidos, a punto de desmayarse). ¡Aurelio!
AURELIO: ¡Silvia de mi alma!... Se funden en un abrazo. Pero de pronto se separan, asustados de lo que acababan de hacer. Debemos ser prudentes… (Mira alarmado a todas partes) Pueden estar viéndonos desde alguna ventana de la casa. Ven sentémonos en aquel banco escondido entre aquellos árboles. Allí estaremos seguros. Sale la presentadora.
PRESENTADORA: Así dieron rienda suelta a sus sentimientos, Por las mejillas corrían lágrimas de alegría. Se contaron sus desdichas y comprendieron que, si obraban con prudencia, seguirían viéndose diariamente. Esta sola idea bastó para que se colmaran de felicidad. Quedaron en que Aurelio se mostraría en adelante más amable con Zahara , y Silvia haría lo mismo con respecto a Izuf, con lo cual se figurarían que estaban trabajando en su favor, según lo acordado.
Se separaron al fin, y quedaron en sugerir verse a la misma hora y en el mismo sitio.
Salen y queda sola la presentadora.
En ese mismo momento, por una estrecha calle de Argel, iban un día dos esclavas españolas y vean lo que les decían desde las ventanas. Sale la presentadora.
TODOS: ¡Don Juan no venir, acá morir!...bis (2) bis…
(2) Se referían a Don Juan de Austria, vencedor de Lepanto, que había muerto de unas fiebres en F landes.
Una esclava se detuvo unos instantes y respondió indignada:
ESCLAVA MARÍA MANUELA: No importa que no venga Don Juan; vendrá su hermano Felipe, y ¡ay de vosotros!
UNA VOZ: ¡Acá morir! (Tres veces)
ESCLAVA MARÍA MANUELA: ¡Tú si que morirás, y cuando mueras, no podrás huir del infierno!
ESCLAVA MARÍA: Déjalos, ya se cansarán y nos dejarán en paz.
ESCLAVA MARÍA MANUELA: Parece que te han oído y obedecido, ¡se han callado!
ESCLAVA MARÍA: ¿Sigues pensando en huir?
ESCLAVA MARÍA MANUELA: No pienso en otra cosa.
ESCLAVA MARÍA: ¿Y cómo lo vas a hacer?
ESCLAVA MARÍA MANUELA: ¿Cómo?, pues por tierra, pues no puedo de otro modo.
ESCLAVA MARÍA: Creo que eso es imposible.
ESCLAVA MARÍA MANUELA: ¿Y qué quieres que haga? ¿Resignarme a la esclavitud hasta el fin de mis días? Porque otra cosa no me espera si me quedo en Argel, ya que mi familia es tan pobre, que jamás llegará a juntar el dinero preciso para mi rescate.
ESCLAVA MARÍA: ¿Has hecho ya el equipaje?
ESCLAVA MARÍA MANUELA: He calculado que desde aquí a Orán hay sesenta leguas, y por eso he preparado diez libras de bizcocho, pasta de harina, huevos y miel, que dicen que alimenta mucho, y muy poca ración de ella basta para sustentarse. Y por si eso fuera poco, llevo sal para tomar con algunas hierbas que conozco.
ESCLAVA MARÍA: ¿Llevas zapatos?
ESCLAVA MARÍA MANUELA: Sí, tres pares en no mal estado.
ESCLAVA MARÍA: ¿Sabes el camino?
ESCLAVA MARÍA MANUELA: Ni lo sé, ni conozco a nadie que lo haya realizado.
ESCLAVA MARÍA: ¿Cómo piensas ir?
ESCLAVA MARÍA MANUELA: Bordeando la costa, pues, como estamos en verano, los árabes se retiran a la sierra buscando el viento fresco. Sé que hay que bordear dos ríos, luego , a mano derecha , hay una gran cuesta que llaman el Cerro Gordo, y al final de la cuesta se descubre un monte que es donde está Orán.
ESCLAVA MARÍA: ¿Caminarás de noche?
ESCLAVA MARÍA MANUELA: ¡Quién lo duda! Caminaré noche y día, todo el tiempo que aguante, descansaré sólo para dormir, pues la comida la haré caminando.
ESCLAVA MARÍA: ¡Que Dios te acompañe!
ESCLAVA MARÍA MANUELA: Gracias amiga y compañera, no olvides rezar por mí.
ESCLAVA MARÍA: No lo olvidaré. Salen las esclavas y entra la presentadora.
PRESENTADORA: Aquella noche la intrépida esclava cautiva huyó de Argel, después de encomendarse a la Virgen, de la que siempre había sido muy devota.
Anduvo muchas horas por peñas y montañas, oyendo el bramido de las fieras. Para mayor desgracia, comenzó a llover fuerte, la oscuridad era completa , y apenas se veía ya donde ponía los pies. A los pocos días, rotas sus ropas con las jaras, los zapatos destrozados por los guijarros, fatigada y enferma, se echó sobre unas matas y se quedó dormida.
Soñó que un león se le acercó, y en lugar de devorarla, le lamió las heridas y le indicó con su pezuña la dirección correcta en que debía continuar.
Despertó sobresaltada y vean la alegría que se llevó después de seguir la dirección indicada, y en muy poco tiempo.
ESCLAVA MARÍA MANUELA: ( Sale con aire cansada, pero ilusionada) ¡Qué veo en lo alto de ese cerro! ¡Las altas torres de Orán, ondeando en ellas pendones, y banderas españolas, y de los cristianos! ¡Yupii…! ¡Estoy salvada…! Corre y desaparece del escenario.
PRESENTADORA: El niño Francisco, caminaba un día tristemente por las calles de Argel, cuando lo vio Aurelio, y ocurrió lo que ahora también veréis. Salen niño Francisco y Aurelio.
AURELIO: ¿Dónde vas Francisco, qué buscas?
NIÑO FRANCISCO: ¿Has visto a mi hermano?
AURELIO: Hace poco que le he visto. Aparece Juan ¡Ah, Dios mío!
NIÑO FRANCISCO: Pero ¿qué te sucede? ¿te has puesto pálido?
AURELIO: Mira, allí viene tu hermano. Y por cierto, que parece un sultán, según viene vestido.
¡Hola Juan!
NIÑO JUANITO: ¿Juan? ¿No sabéis que ahora ya no me llamo así?
NIÑO FRANCISCO: ¿Cómo te llamas?
NIÑO JUANITO: Me llamo como mi amo, Solimán.
NIÑO FRANCISCO: ¡Solimán! ¿No te da vergüenza desdichado? Lo coge por el brazo o el cuello.
NIÑO JUANITO: ¡Cómo! ¿Porque Solimán me llamo me amenazas? ¡Eso sí que es bueno! ¡Abrázame hermano!
NIÑO FRANCISCO: ¿Hermano? ¡Apártate, no me toques! ¡Ay, Juan, si supieras el daño que me haces hablándome así!
NIÑO JUANITO: Pero, ¿Hay algo mejor que ser moro? Mira mi lujoso vestido, tengo varios y son hasta más bonitos, en cambio tú, con esa andrajosa túnica. Yo como sabroso cuzcuz, bebo leche y miel; tú comes pan negro y agua del arroyo. Mira, hermano, hazte moro como yo y terminarán tus problemas.
NIÑO FRANCISCO: Eso, ¡jamás!
NIÑO JUANITO: ¡Allá tú! Y ahora adiós, que no quiero que me vean hablar con cristianos.
NIÑO FRANCISCO: ¡Ay, si mis padres lo vieran!
AURELIO: No te desesperes, es muy niño y no sabe lo que hace, ya se dará cuenta de su error.
NIÑO FRANCISCO: ¡Dios quiera que sea así!
Salen los dos y entra la presentadora.
PRESENTADORA: Aurelio se fue a ver a Silvia y fabricaban grandes proyectos bajo el consentimiento y amparo de Zahara e Izuf. Pero los acontecimientos cambian totalmente por lo que ahora veremos. Sale y entran Sara, Sebastián, Pedro e Italiana.
SARA: ¿Cómo cayeron en tus manos esos siete escudos?
ITALIANA: ¡Qué barbaridad! Siempre sabes usar artimañas para sacar dinero de donde no lo hay.
PEDRO: Escuchar y lo veréis. Cuatro de ellos me los dio un viejo esclavo cristiano, a quien he hecho creer que tengo enterrada en la arena de la playa una barca para huir de aquí. El pobre se lo tragó y me los dio para comprar provisiones.
SARA: ¡Ay, desdichado aquel que se encuentre contigo! Y desdichado tú, que no dudas en engañar a la gente y aprovecharte del engaño.
ITALIANA: Tanto tiempo con nosotros y aún no se comporta como un cristiano de bien. ¡Increíble!
SEBASTIÁN: Esa barca que has fabricado con tus mentiras, sólo servirá para ahogarte a ti. ¿Comprendes?
Pedro bajó la cabeza, se la rascó y como en el fondo no era malo, con cara de inocente…
PEDRO: Bueno, hombre, no os pongáis así, no es para tanto la cosa. Si queréis, ahora mismo voy, y le devuelvo al viejo los escudos.
ITALIANA: Y te buscas una buena excusa para no herirlo y que desconfíe en adelante de los cristianos. Así que ¡a devolverle el dinero!
SARA: Eso es lo que debes hacer, pero no sin antes decirme de dónde has sacado los otros tres.
PEDRO: Pues veréis, le he dicho a la Sultana que en casa de Izuf hay dos esclavos llamados Silvia y Aurelio que eran grandes y poderosos señores, y que por ellos se puede pedir un enorme rescate.
SEBASTIÁN: ¿Y qué te dijo la Sultana?
PEDRO: Me dio tres escudos en pago de mis noticias, y al salir le oí decir: ¡Ya ajustaré mis cuentas con el renegado Izuf! Pausa. ¿Debo devolver ese dinero también?
SARA: No, ese no, pues es justo premio de una buena acción. Puede que gracias a eso un día recobren la libertad y sean todo lo felices que se merecen.
ITALIANA: Tengo el presentimiento que va a ser eso la causa de su liberación.
Salen los cuatro. Música. Entra la Sultana, se sienta.
SULTANA: Entra Izuf. Pausa, y reverencia de este a la Sultana. Me han dicho que tienes en tu casa dos esclavos cristianos llamados Silvia y Aurelio.
IZUF: Cierto señora.
SULTANA: ¿Cuánto diste por ellos?
IZUF: Mil ducados.
SULTANA: Yo te los daré, para que me los entregues.
IZUF: Señora, dejadme a la cristiana y os daré al esclavo sin que tengáis que pagarme nada por él.
SULTANA: Los quiero a los dos.
IZUF: Señora, ¡os suplico que me dejéis a la cristiana!
SULTANA: Sabes que es una osadía oponerse a mis decisiones, así que… ¡Fuera de aquí! ¿Te encerraremos en una celda! ¡Te daremos palos hasta que la sangre bañe tu asqueroso cuerpo!
IZUF: (de rodillas ante la Sultana) ¡Dejadme a la esclava, señora, y luego dadme la muerte si queréis!
SULTANA: ¡Fuera! Música, ¡Que entren Aurelio y Silvia! Entran. Acércate cristiano. Yo te prometo que muy pronto vas a verte en libertad en tu patria.
AURELIO: Gracias señora.
SULTANA: ¿Tú eres su esposa, Silvia?
SILVIA: Sí, soy Silvia, su esposa.
SULTANA: Yo os he comprado a Izuf. Mil ducados por los dos, y os daré libertad si me dais dos mil.
AURELIO: ¿Y de dónde sacaremos tanto dinero?
SULTANA: No es necesario que me paguéis ahora. Iréis a España y una vez allí, pagaréis esa cantidad del modo que yo os diga. Pero antes debéis jurarme que cumpliréis la promesa. ¿Estáis de acuerdo?
AURELIO: ¡Lo juramos!
SILVIA: ¿Cómo no vamos a estar de acuerdo señora? ¡Jamás olvidaremos la merced que nos habéis hecho!
SULTANA: Como se que el juramento de españoles es la mejor garantía, saldréis para España en un navío que saldrá la semana próxima, y que ha venido hoy, con fray Juan Gil (3), con dineros para rescatar cincuenta cautivos. Se quedan hablando y sale la presentadora.
PRESENTADORA: Entre los liberados estaba Niño Francisco, Sara, Sebastián, María Manuela, María y Pedro. Niño Francisco, trabajó en España y logró rescatar a sus ancianos padres y a su hermano Niño Juanito, que vio su error, y se acabó siendo un ferviente y fiel cristiano.
Silvia y Aurelio entregaron a los padres trinitarios los dos mil ducados de su rescate y los hicieron llegar así a la Sultana. Vivieron felices y en libertad, que es el más alto don que el Todopoderoso ha concedido a la Humanidad.

 

 

(3) Nombre del fraile que rescató a Cervantes.

 

En Lora del Río a 23 de Mayo de 2.005